Mi papá es peronista y militante.
El me enseñó lo que sé en interminables charlas después de cenar donde lo acosaba a preguntas sobre el cura Mujica, la juventud, el Cordobazo y Eva (siempre Eva). Militante de la Juventud Peronista, mi papá, cuando tenía mi edad.
Crecí con Menem, de Alfonsín ni me acuerdo. Alguna Unidad Básica en plena Renovación, juguetes para los chicos y computadoras para mi escuela primaria (pública y hecha pelota), de eso sí me acuerdo.
La casa de mis abuelos poblada de retratos de Perón y Evita, siempre, hasta el día de hoy.
Neoliberalismo voraz, agarrado con dientes filosos a la voluntad militante e ideológica de este país, a cualquier cosa colectiva. Los que quedaron se volvieron a sus casas diezmados. Entre ellos, mi papá.
Fui a la plaza el 20 de diciembre cuando el país rugía el hartazgo de tanta traición. Lo vi a Néstor asumir el 25 de mayo, abrir la Esma y descolgar el cuadro, sonreí pero no tuve dimensión en ese momento de lo que podía significar, de lo que se venía. Mi papá estaba emocionado, debería haberlo sabido.
Yo soy militante, de Sabbatella, del pueblo, de la voz de los sin voz como decimos nosotros. A eso aspiramos en este tiempo maravillo de compromiso, militancia, distribución de la riqueza y nuestra querida Patria Grande que innegablemente llegaron de la mano de Néstor, de Cristina y una vez más, del peronismo.
Yo, humildemente, soy militante y peronista, como mi papá.
Acá estamos, Cristina. Daremos pelea.